La guerra seguía y Tom se hundía en
si mismo. No hablaba con nadie y por su mente parecía pasar los
días y las noches en un oscuro camino oscuro en busca de la nada.
Quería olvidar, pero cada pequeño
detalle estallaba en su cabeza cada segundo de cada hora del día.
No, no podía olvidar, no podía olvidar sabiendo que su hermana le
necesitaba, sabiendo que sus padres murieron por su culpa, sabiendo
que condenó a una de las personas que más amaba a vivir encerrada
entre las paredes de un manicomio. Y no, sabiendo que estaba afectando a familias que
no tenían nada que ver con él.
La guerra se daba por perdida. Ya no
quedaban más soldados en el norte, los spilnoks atacaban por el este
de la dimensión invisible, la cuna del arte. Miles de obras,
manuscritos, todo se perdió salvo unos cuantos cuadros que consiguió
evacuar un viejo apasionado del arte.
El frío acechaba aunque se acercaba
primavera, la primavera podría ser su muerte fácilmente.
Eso significaba comida, y la comida
escaseaba para ambos bandos. O matas, o te matan.
“Los spilnoks devoran todo lo que
encuentran, ya sea un animal o a tu mejor amigo, los guía la
supervivencia y no poseen sentimientos” Esa frase retumbaba en la
cabeza de Tom, el primer día de campamento en introducción sobre el
enemigo fue la primera frase que escuchó pero provocó mucho más en
Tom que en cualquiera de los otros jóvenes soldados.
Las tardes de soledad de Tom se basaban
en entrenarse, se pasaba horas entrenando, no quería hablar con
nadie y si sentía dolor aumentaba el ritmo de los entrenamientos.
La gente ya lo daba por perdido a Tom,
a la dimensión invisible, a sus vidas. Estaban perdidos por el
simple hecho de no darse cuenta de que para poder atravesar un túnel,
aunque de miedo y sea oscuro y largo, hay que adentrarse en él.
Consideraron a Tom enfermo mental y
gracias a esto empezó a escuchar conversaciones que le eran muy
útiles. Empezó a escuchar comentarios sobre el organismo de los
spilnoks, sus estructuras, sus maneras de pensar y sobre todo la
frase que siempre retumbaba en su cabeza “los spilnoks devoran todo
lo que encuentran, ya sea un animal o a tu mejor amigo, los guía la
supervivencia y no poseen sentimientos”. Llegado a este punto se
sentía un spilnok, se sentía un ser grotesco, apartado. Casi ni se
sentía, sin sentimientos, como un spilnok, guiado por el único
motivo de seguir vivo, y solo seguía vivo para su hermana pequeña,
Shelly. A los pequeños los refugiaban campamentos subterráneos de
alta seguridad al igual que a la comida y a los instrumentales
médicos.
Tom empezó a practicar con la química.
Cada noche se colaba en el laboratorio a altas horas de la madrugada.
Mezclaba sustancias guiándose por lo que había escuchado y
experimentaba con unos peces que no podían usarse de
alimento ya que esa especie en especial no era comestibles. Realmente
solo eran peces porque vivían en el agua pero no se parecían en
nada a los de la dimensión humana. Allí los llamaban dubiones. Los
dubiones eran animales acuáticos que emitían un sonido agudo solo
perceptible dentro del agua con los que adormecían a los
depredadores. Estos peces poseían escamas más fuertes de lo normal,
algunos afirmaban que podría tratarse de una mutación de plomo, el
caso es que no eran comestibles.
La primera semana no pasaba con los
peces nada, o eso creían todos, incluido Tom, pero pronto los peces
empezaron a mutar, perdieron miembros que les impedían moverse poco
a poco, empezaron a volverse agresivos contra ellos mismos, se
atacaban a ellos mismos, su sistema inmunológico se volvía contra
ellos y en dos semanas todos los peces murieron irremediablemente.
Cuando los superiores se enteraron de
esto Tom pasó unas dos horas explicándole a los científicos de la
base militar cómo lo había hecho y cómo había llegado a la
conclusión de que la mezcla de esas sustancias provocaban tales
daños. En apenas dos días Tom había conseguido que toda la
atención se centrase en él, un simple chico de 15 años había
creado el arma química más letal que habían conseguido hasta
entonces. Acudía a reuniones de estrategia pero nunca sugería
cosas, escuchaba en silencio como todos ideaban estúpidos y
descabellados planes para ganar unas milésimas de segundos, a Tom
solo lo tomaban en serio en los laboratorios, empezaron a probar con
los venenos, mataba a cualquier bestia y cuanto más grandes más
eficaces resultaban ser. Perfeccionaron el veneno, los seres
terrestres no tenían ninguna posibilidad, a las horas perdían la
capacidad de moverse.
En una de las reuniones de estrategia
Tom, cansado de escuchar a personas proponiendo ganar tiempo para
esconderse mejor, alzó la voz.
- Eso no sirve.- Dijo Tom al oír a uno de los comandantes proponer que pusieran más minas para evitar que los spilnoks avanzaran. El comandante le miró de una mala forma pero Tom era el que mejor sabía fabricar venenos que parecían más eficaces que las minas así que no podía reprocharle nada.
- Mira niño, si estás aquí que sea para hacer algo, no para impedirnos la supervivencia. Así que, si tienes una idea mejor, cuéntanosla, ¿no crees?
- Si no puedes con el enemigo...Únete a él.
En ese momento todos en la sala miraron
a Tom con cara de indignación pensando que había perdido totalmente
la cabeza.
- A ver, éxplicate. ¿No pretenderás que nos convirtamos en unas de esas bestias?
- No, es solo...Hay que atacarles desde dentro. Los daños superficiales no les harán nada. Podemos envenenarlos pero...-Antes de que Tom terminara la frase el comandante la siguió con un tono algo más preocupante, serio y a la vez interesado.
- Tendríamos que atravesar la frontera hacia tierras spilnoks.
- Exacto
Al momento todos los de la sala
empezaron a murmurar pues todos entendían que aunque lo que estaba
proponiendo Tom era un pase seguro a la muerte podría salvar miles
de vidas. Tom estaba proponiendo adentrarse en tierras que ya habían
arrasado y habitado los spilnoks, era una locura, los spilnoks eran
capar de encontrar a su alimento a un kilómetro de distancia por su
olfato y en ese momento la dimensión invisible y sus habitantes eran
su alimento. Sobrevivir a un spilnok era algo extremadamente difícil,
y el hecho de que Tom consiguiese meses antes sobrevivir a uno y
ayudar a la supervivencias de otros niños de menor edad fue un tema
muy hablado entre los invisibles.
Volver a esas tierras equivalía a la
muerte, y morir devorado por un spilnok era una de las peores muertes
inimaginables.
Tras un largo murmullo un señor mayor
que, como Tom, siempre permanecía callado habló.
- Cómo lo hacemos.
Tom tomó aire y empezó a hablar. El
plan en si era sencillo, se le podría haber ocurrido a cualquiera.
Coger el veneno, perfeccionarlo aún más, infiltrarse en tierras
spilnoks, hacerse uno de los suyos y atacar desde dentro. No se habló
del viaje de vuelta, todos sabían que ese viaje no existía. Tras
trazar el plan las siguientes reuniones fueron de muchas más horas
en las que principalmente preguntaban a Tom cómo proceder.
En apenas unos meses, el chico inocente
y delgaducho de 15 años que parecía no importar a nadie estaba
dirigiendo a toda la dimensión invisible, y esta ni siquiera se daba
cuenta.
Tom estaba dispuesto a hacer el camino
de ida, pero ese camino, no tenía vuelta.






